martes, 8 de mayo de 2018

Feliz cumpleaños Karl Marx, ¡tenías razón!

New York Times, 5 de mayo de 2018

SEÚL, Corea del Sur — El 5 de mayo de 1818, en la ciudad sureña de Tréveris, Alemania, ubicada en la pintoresca región vinícola del valle del Mosela, nació Karl Marx. En esa época, Tréveris era diez veces más pequeña que ahora, que tiene una población cercana a los 12.000 habitantes. Según uno de los biógrafos recientes de Marx, Jürgen Neffe, Tréveris es una de esas ciudades donde "aunque no todos se conocen, hay muchas personas que saben bastante de los demás".

Estas restricciones provinciales no iban con el ilimitado entusiasmo intelectual de Marx. Fueron pocos los pensadores radicales de las principales capitales europeas de su época que no conoció o con quienes no rompió por motivos teóricos, entre ellos sus contemporáneos alemanes Wilhelm Weitling y Bruno Bauer; el "socialista burgués" de Francia Pierre-Joseph Proudhon, como lo etiquetaron Marx y Friedrich Engels en su libro El manifiesto comunista, y el anarquista ruso Mikhail Bakunin.

En 1837, Marx se negó a seguir la carrera de leyes que su padre —quien era abogado— había planeado para él y, en cambio, se sumergió en la filosofía especulativa de Georg Wilhelm Friedrich Hegel en la Universidad de Berlín. Se podría decir que a partir de ahí todo fue de mal en peor. El gobierno prusiano y su conservadurismo profundo no vieron con buenos ojos ese tipo de pensamiento revolucionario (la filosofía de Hegel proponía un Estado liberal racional) y, para inicios de la siguiente década, la trayectoria académica de profesor universitario que Marx escogió había sido bloqueada.

Si alguna vez pudiera haber una argumentación convincente para demostrar los peligros de la filosofía, sin lugar a duda sería el descubrimiento que hizo Marx de Hegel, cuya "melodía grotesca y escabrosa" le causó repulsión en un principio, pero pronto lo tendría bailando delirante por las calles de Berlín. En una carta de noviembre de 1837, escrita con la misma exaltación, Marx le confesó a su padre: "Quería abrazar a todas las personas que estaban paradas en la esquina".

En este bicentenario del nacimiento de Marx, ¿qué lecciones podríamos obtener de su peligroso y delirante legado filosófico? ¿Cuál sería exactamente la contribución duradera de Marx?

En la actualidad, parecería que su legado está vivo y en buena forma. Desde el inicio del milenio, han surgido una cantidad incalculable de libros, desde trabajos académicos hasta biografías populares, en los cuales se respalda en términos generales la lectura que Marx hizo del capitalismo y su relevancia imperecedera para nuestra época neoliberal.

En 2002, en una conferencia en Londres a la que asistí, el filósofo francés Alain Badiou declaró que Marx se había convertido en el filósofo de la clase media. ¿Qué quiso decir? Creo que su intención fue señalar que, en estos días, la opinión liberal y educada coincide de forma más o menos unánime en que la hipótesis básica de Marx es correcta: el capitalismo es impulsado por una lucha de clases profundamente divisiva en la que la clase minoritaria en el poder se apropia del excedente de mano de obra de la clase trabajadora mayoritaria, a manera de ganancia. Incluso economistas liberales como Nouriel Roubini aceptan que la convicción de Marx de que el capitalismo tiene una tendencia inherente a autodestruirse sigue siendo tan profética como lo fue desde un inicio.

Sin embargo, en este punto se termina la unanimidad de forma abrupta. Aunque la mayoría coincide con el diagnóstico del capitalismo que ofreció Marx, las opiniones para encontrar la manera de tratar su "trastorno" están absolutamente fraccionadas. Además, en este punto radican la originalidad y la gran importancia de Marx como filósofo.

Primero que nada, seamos claros: Marx no llegó a una fórmula mágica para poder abandonar las enormes contradicciones sociales y económicas que conlleva el capitalismo global (según Oxfam, en 2017, el 82 por ciento de la riqueza en el mundo fue a parar en manos del uno por ciento más rico del planeta). No obstante, lo que Marx sí consiguió por medio de su pensamiento materialista fue obtener las armas críticas para socavar la declaración ideológica del capitalismo que lo muestra como la única opción.

En El manifiesto comunista, Marx y Engels escribieron lo siguiente: "La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia".
Marx estaba convencido de que el capitalismo los convertiría en reliquias. Por ejemplo, los avances que se están logrando en los diagnósticos médicos y las cirugías gracias a la inteligencia artificial corroboran el argumento de El manifiesto… según el cual la tecnología iba a acelerar en gran medida la "división del trabajo" o la desprofesionalización de esas carreras.

Para entender de mejor manera cómo fue que Marx logró un impacto mundial tan duradero —uno que podría ser más importante y tener mayor alcance que el de cualquier otro filósofo anterior o posterior a él—, podemos empezar con su relación con Hegel. ¿Qué tenía el trabajo de Hegel que cautivó de tal forma a Marx? Como le informó a su padre, los primeros encuentros con el "sistema" de Hegel —que se construye a sí mismo mediante la superposición de negaciones y contradicciones— no lo habían convencido en su totalidad.

Marx descubrió que los idealismos de finales del siglo XVIII de Immanuel Kant y Johann Gottlieb Fichte que dominaban el pensamiento filosófico a inicios del siglo XIX daban tanta prioridad al pensamiento mismo, que se sostenía que se podía inferir la realidad por medio del razonamiento intelectual. Sin embargo, Marx se rehusó a respaldar la realidad que proponían esos pensadores. En un giro irónico al estilo hegeliano, era todo lo contrario: el mundo material determinaba todo el pensamiento. Como Marx lo menciona en su carta: "Si los dioses habían habitado antes por encima del mundo, ahora se habían convertido en su centro".

La idea de que Dios —o los "dioses"— moraban entre las masas, o estaban "en" ellas, por supuesto que no era nada nuevo en términos filosóficos. No obstante, la innovación de Marx fue poner de cabeza la deferencia idealista, no solo ante Dios, sino ante cualquier autoridad divina. Mientras que Hegel no quiso ir más allá de la defensa del Estado liberal racional, Marx dio un paso más adelante: como los dioses ya no eran divinos, no había necesidad de un Estado.

El concepto de la sociedad sin clases y sin Estado definiría las ideas que tenían del comunismo tanto Marx como Engels y, por supuesto, la historia ulterior y atribulada de los "Estados" comunistas (¡qué ironía!) que se materializaron durante el siglo XX. Aún queda mucho por aprender de esos desastres, pero su relevancia filosófica permanece incierta, por decir lo menos.

El factor clave del legado intelectual de Marx en nuestra sociedad actual no es su "filosofía", sino su "crítica", o lo que describió en 1843 como "la crítica despiadada de todo lo existente, despiadada tanto en el sentido de no temer los resultados a los que conduzca como en el de no temerle al conflicto con aquellos que detentan el poder". Marx escribió en 1845: "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo".

La opresión racial y sexual se han añadido a la dinámica de la explotación de clases. Los movimientos que luchan por la justicia social, como Black Lives Matter y #MeToo, tienen una especie de deuda tácita con Marx por su búsqueda sin remordimientos de las "verdades eternas" de nuestros días. Estos movimientos reconocen, como lo hizo Marx, que las ideas que rigen cada sociedad son las de su clase dirigente y que derrocar esas ideas es fundamental para el verdadero progreso revolucionario.

Nos hemos acostumbrado al mantra entusiasta que señala que para efectuar un cambio social tenemos que cambiar nosotros. Sin embargo, no basta el pensamiento racional o tolerante, pues las estructuras del privilegio masculino y de la jerarquía social ya distorsionaron las normas del pensamiento, incluso el lenguaje que utilizamos. Cambiar esas normas implica cambiar los cimientos mismos de la sociedad.

Citando a Marx: "Un orden social nunca se destruye antes de que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas para las que es suficiente, y las nuevas relaciones superiores de producción nunca remplazan a las previas antes de que hayan madurado las condiciones materiales para su existencia dentro del marco de la  sociedad anterior".

Podría decirse que la transición hacia una sociedad nueva donde el valor de un individuo finalmente sea determinado por las relaciones interpersonales, y no por las relaciones con el capital, ha demostrado ser una tarea bastante complicada. Como lo he mencionado, Marx no ofrece una fórmula universal para promulgar el cambio social.

No obstante, sí ofrece una poderosa prueba de fuego intelectual para ese cambio. De acuerdo con esto, estamos destinados a seguir citándolo y probando sus ideas hasta que por fin alcancemos el tipo de sociedad que luchó por crear, una sociedad que deseamos cada vez más personas.
Jason Barker es profesor adjunto de Filosofía en la Universidad Kyung Hee de Corea del Sur y autor de la novela "Marx Returns".

Happy Birthday, Karl Marx. You Were Right!

By Jason Barker
(Mr. Barker is an associate professor of philosophy)
April 30, 2018
SEOUL, South Korea — On May 5, 1818, in the southern German town of Trier, in the picturesque wine-growing region of the Moselle Valley, Karl Marx was born. At the time Trier was one-tenth the size it is today, with a population of around 12,000. According to one of Marx's recent biographers, Jürgen Neffe, Trier is one of those towns where "although everyone doesn't know everyone, many know a lot about many."
Such provincial constraints were no match for Marx's boundless intellectual enthusiasm. Rare were the radical thinkers of the major European capitals of his day that he either failed to meet or would fail to break with on theoretical grounds, including his German contemporaries Wilhelm Weitling and Bruno Bauer; the French "bourgeois socialist" Pierre-Joseph Proudhon, as Marx and Friedrich Engels would label him in their "Communist Manifesto"; and the Russian anarchist Mikhail Bakunin.
In 1837 Marx reneged on the legal career that his father, himself a lawyer, had mapped out for him and immersed himself instead in the speculative philosophy of G.W.F. Hegel at the University of Berlin. One might say that it was all downhill from there. The deeply conservative Prussian government didn't take kindly to such revolutionary thinking (Hegel's philosophy advocated a rational liberal state), and by the start of the next decade Marx's chosen career path as a university professor had been blocked.
If ever there were a convincing case to be made for the dangers of philosophy, then surely it's Marx's discovery of Hegel, whose "grotesque craggy melody" repelled him at first but which soon had him dancing deliriously through the streets of Berlin. As Marx confessed to his father in an equally delirious letter in November 1837, "I wanted to embrace every person standing on the street-corner."
As we reach the bicentennial of Marx's birth, what lessons might we draw from his dangerous and delirious philosophical legacy? What precisely is Marx's lasting contribution?
Today the legacy would appear to be alive and well. Since the turn of the millennium countless books have appeared, from scholarly works to popular biographies, broadly endorsing Marx's reading of capitalism and its enduring relevance to our neoliberal age.
In 2002, the French philosopher Alain Badiou declared at a conference I attended in London that Marx had become the philosopher of the middle class. What did he mean? I believe he meant that educated liberal opinion is today more or less unanimous in its agreement that Marx's basic thesis — that capitalism is driven by a deeply divisive class struggle in which the ruling-class minority appropriates the surplus labor of the working-class majority as profit — is correct. Even liberal economists such as Nouriel Roubini agree that Marx's conviction that capitalism has an inbuilt tendency to destroy itself remains as prescient as ever.
But this is where the unanimity abruptly ends. While most are in agreement about Marx's diagnosis of capitalism, opinion on how to treat its "disorder" is thoroughly divided. And this is where Marx's originality and profound importance as a philosopher lies.
First, let's be clear: Marx arrives at no magic formula for exiting the enormous social and economic contradictions that global capitalism entails (according to Oxfam, 82 percent of the global wealth generated in 2017 went to the world's richest 1 percent). What Marx did achieve, however, through his self-styled materialist thought, were the critical weapons for undermining capitalism's ideological claim to be the only game in town.
In the "Communist Manifesto," Marx and Engels wrote: "The bourgeoisie has stripped of its halo every occupation hitherto honored and looked up to with reverent awe. It has converted the physician, the lawyer, the priest, the poet, the man of science, into its paid wage laborers."
Marx was convinced that capitalism would soon make relics of them. The inroads that artificial intelligence is currently making into medical diagnosis and surgery, for instance, bears out the argument in the "Manifesto" that technology would greatly accelerate the "division of labor," or the deskilling of such professions.
To better understand how Marx achieved his lasting global impact — an impact arguably greater and wider than any other philosopher's before or after him — we can begin with his relationship to Hegel. What was it about Hegel's work that so captivated Marx? As he informed his father, early encounters with Hegel's "system," which builds itself upon layer after layer of negations and contradictions, hadn't entirely won him over.
Marx found that the late-18th-century idealisms of Immanuel Kant and Johann Gottlieb Fichte that so dominated philosophical thinking in the early 19th century prioritized thinking itself — so much so that reality could be inferred through intellectual reasoning. But Marx refused to endorse their reality. In an ironic Hegelian twist, it was the complete opposite: It was the material world that determined all thinking. As Marx puts it in his letter, "If previously the gods had dwelt above the earth, now they became its center."
The idea that God — or "gods"— dwelt among the masses, or was "in" them, was of course nothing philosophically new. But Marx's innovation was to stand idealistic deference — not just to God but to any divine authority — on its head. Whereas Hegel had stopped at advocating a rational liberal state, Marx would go one stage further: Since the gods were no longer divine, there was no need for a state at all.
The idea of the classless and stateless society would come to define both Marx's and Engels's idea of communism, and of course the subsequent and troubled history of the Communist "states" (ironically enough!) that materialized during the 20th century. There is still a great deal to be learned from their disasters, but their philosophical relevance remains doubtful, to say the least.
The key factor in Marx's intellectual legacy in our present-day society is not "philosophy" but "critique," or what he described in 1843 as "the ruthless criticism of all that exists: ruthless both in the sense of not being afraid of the results it arrives at and in the sense of being just as little afraid of conflict with the powers that be." "The philosophers have only interpreted the world, in various ways; the point is to change it," he wrote in 1845.
Racial and sexual oppression have been added to the dynamic of class exploitation. Social justice movements like Black Lives Matter and #MeToo, owe something of an unspoken debt to Marx through their unapologetic targeting of the "eternal truths" of our age. Such movements recognize, as did Marx, that the ideas that rule every society are those of its ruling class and that overturning those ideas is fundamental to true revolutionary progress.
We have become used to the go-getting mantra that to effect social change we first have to change ourselves. But enlightened or rational thinking is not enough, since the norms of thinking are already skewed by the structures of male privilege and social hierarchy, even down to the language we use. Changing those norms entails changing the very foundations of society.
To cite Marx, "No social order is ever destroyed before all the productive forces for which it is sufficient have been developed, and new superior relations of production never replace older ones before the material conditions for their existence have matured within the framework of the old society."
The transition to a new society where relations among people, rather than capital relations, finally determine an individual's worth is arguably proving to be quite a task. Marx, as I have said, does not offer a one-size-fits-all formula for enacting social change. But he does offer a powerful intellectual acid test for that change. On that basis, we are destined to keep citing him and testing his ideas until the kind of society that he struggled to bring about, and that increasing numbers of us now desire, is finally realized.
Jason Barker is an associate professor of philosophy at Kyung Hee University in South Korea and author of the novel "Marx Returns."

lunes, 7 de mayo de 2018

Marx: más vivo que nunca en su 200 cumpleaños




En la mañana del sábado 5 de mayo, justo cuando se cumplieron los 200 años del nacimiento del trascendental filósofo Carlos Marx, la Asociación de Escritores organizó una celebración en su homenaje en la sala Rubén Martínez Villena la UNEAC. La introducción estuvo a cargo del vicepresidente de la organización, Pedro de la Hoz, quien resaltó —ante una sala repleta de intelectuales y artistas—la importancia de la conmemoración, pues Marx está "más vivo que nunca" en su bicentenario.

La velada comenzó con varios audiovisuales preparados por Cinesoft, la casa productora del Ministerio de Educación, que recrearon los poemas de Marx, los escritos de su esposa —la aristócrata alemana Jenny vonWestphalen—, otros detalles de su vida y de su obra, realizados a partir del texto del libro "Moro, el gran aguafiestas", publicado por Paquita de Armas a principios de la década de 1990.

El director de Cinesoft, Iván Barreto, explicó que este trabajo forma parte de un complemento preparado para la formación audiovisual de los maestros, a todos los niveles de la enseñanza. En el Ministerio de Educación consideraron de gran importancia incorporar la vida de Marx a la formación de los educandos y utilizaron el libro de Paquita al encontrar en él un Marx cercano, más humano, para una mejor comprensión de los estudiantes cubanos.

Paquita de Armas presentó el panel, que contó además con la presencia del escritor Víctor Fowler y Enrique Ubieta, director de la revista Cuba Socialista. Isabel Monal, quien no pudo asistir a la celebración por estar en el exterior, envió un texto enel quedestacó la figura de Marx como "el guía insustituible", pues todos aquellos que buscan la emancipación del ser humano en el mundo encuentran en él su camino.

Víctor Fowler señaló que esta celebración se concibió como la primera de una serie de actividades, tanto en la sede nacional de la UNEAC como en provincias, que respondan a la pregunta "¿Para qué sirve Marx ahora?". Más que todo, se trata de una provocación sobre un enigma, pues existen pocos pensadores en el mundo que han provocado tanto alineamiento y, con habérsele declarado como el personaje del milenio —por encima de tantos filósofos desde entonces—, ha demostrado su trascendencia.

Resaltó que Marx obliga a repensarlo todo: la política, los partidos políticos, las revoluciones, los movimientos sociales; "al creer en el Marx que enseña que la realidad puede y debe ser transformada, para desalinear al individuo, entramos en una gran batalla cultural frente a la derecha y las teorías de la posmodernidad", indicó.

Pensar en ello nos conduce a la contradicción dialéctica entre las luchas individuales y la emancipación general, el problema económico de la desigualdad y el nuevo pensamiento antidogmático. Si nos enseñó que no debemos sucumbir ante ningún dogma, significa dudar de todo, hasta del propio marxismo. Y precisamente es lo que tenemos que hacer hoy: "recuperar y repensar las herencias, abrir las puertas del conocimiento a los teóricos del presente", concluyó.

Por su parte, Ubieta destacó a Marx como hombre de pensamiento y de acción, pero desde una perspectiva no tradicional, no entendiéndolo como un agitador público, sino como alguien que logró convertir la teoría en un proceso activo de transformación social. De ahí que su legado esté vivo, sobre todo en Cuba, que lo tiene entre sus fuentes teóricas más importantes.

Lo calificó como "titán del pensamiento", pues no es posible entender lo que sucede hoy en el mundo —predominantemente capitalista— sin entender su legado. Criticó a quienes han valorado que, con la caída del campo socialista, cayó una teoría, porque lo que se derrumbó fue una realidad concreta y la lucha contra las injusticias sociales sigue presente en el mundo actual.

Para acabar con ellas hace falta construir una cultura socialista, que se oponga a la capitalista, que sea anticonsumista y revolucionaria, lo que sigue siendo una contracultura incluso en países como Cuba. Ese cambio requiere de un apoyo económico y de una transformación en los paradigmas, un cambio del sentido de la felicidad individual y colectiva.

Valoró que los procesos de cambio económico y cultural deben ir en paralelo, aunque la economía es la base, no necesariamente se expresa en una relación directa. Hace falta una economía que respalde esa cultura, pues la clase dominante en el mundo actual es la burguesía y la cultura hegemónica responde a ella. En ese contexto, consideró que el factor solidaridad es esencial en el surgimiento de esa nueva cultura.

Destacó que en Cuba tenemos muchas tradiciones a seguir, como el pensamiento de Martí quien, aunque no fue marxista, está enlazado a Marx por abogar ambos a favor de los pobres de la tierra, en la defensa de los humildes.

Como los presentes prefirieron pensar en un Marx alegre —que busca el crecimiento y la emancipación, por lo que merece memoria y celebración— el encuentro culminó con cake, brindis y cantos. Antes de finalizar, el actor Michaelis Cué comentó sobrela obra de teatro que ha presentado por 14 años y con la cual ha recorrido Cuba y Latinoamérica, titulada "Marx en el Soho", un texto que mezcla el dramatismo con el humor y logra una comunicación directa con el público para entender mejor a esa gran figura del pensamiento filosófico mundial.

miércoles, 18 de abril de 2018

La sorpresa de colores, géneros y edades

Mi mayor sorpresa hoy, con la propuesta para la candidatura al nuevo Consejo de Estado en Cuba, estuvo en la diversidad de colores, géneros y edades.
Como si se tratara de un fino trabajo de orfebrería, pusieron un delicado esmero en lograr una combinación casi perfecta entre esos tres elementos. No cabe dudas de que, en los últimos años, se ha puesto énfasis en ellos para mostrar un equilibrio en la representatividad de la población cubana a esos niveles. Se pudiera decir que ese es otro buen legado de la presidencia de Raúl Castro.
Quienes esperaban otras sorpresas, se quedaron con las ganas. Algunos hablan ya de que si Miguel Mario, de que si Lázara Mercedes, de que si Marino Alberto o si Lázaro Fernando… entre muchas otras conjeturas que se quedarán en el aire. Es imposible satisfacer a todo el mundo y ha llegado al momento de que nuestros líderes sean hombres y mujeres más o menos carismáticos, que pueden o no encender multitudes, pero que deben asumir el papel que les toca como servidores públicos.
Me gusta la diversidad de colores, géneros y edades de la candidatura, lo que no significa necesariamente que será todo lo óptimo que quisiéramos. Quién no conoce mujeres más machistas que algunos hombres, jóvenes con pensamiento retrógrados y negros o mulatas que no tienen muy interiorizada la necesidad de trabajar en los temas raciales pendientes. Pero es importante tener garantizada esa diversidad.
Ahora viene el próximo y más importante reto: garantizar que cumplan eficientemente con su función fundamental como diputados y líderes, dirigir y legislar.

martes, 10 de abril de 2018

Trump agrava el atolladero estadounidense

Por Claudio Katz 1
Resumen Latinoamericano / 1 de abril de 2018 
Transcurrido más de un año de gestión Trump no logra encaminar su gobierno. Sus exabruptos y contramarchas son tan impactantes como el caótico manejo de su gabinete. Los desplantes, provocaciones e insultos han afianzado la imagen de un hombre descontrolado e irracional.
Pero el magnate tiene objetivos muy precisos. Toda su estrategia apunta a utilizar la supremacía geopolítica y militar de Estados Unidos para revertir el declive económico de la primera potencia. Esa recomposición exige una dura pulseada con rivales y aliados de larga data. La batalla se desenvuelve en la arena comercial pero genera grandes peligros en todos los terrenos.
REVERTIR EL DESBALANCE COMERCIAL
En las últimas décadas Estados Unidos fue el principal impulsor de la mundialización neoliberal y obtuvo grandes beneficios de esa transformación capitalista. Pero las nuevas reglas de la acumulación global no contuvieron su pérdida de posiciones económicas. Ese debilitamiento se refleja en el sostenido endeudamiento externo y en el gigantesco déficit comercial.
Trump busca reducir drásticamente ese desbalance de intercambios con China, Alemania, Japón, México y Canadá. Para lograr mayor equilibrio exige la restauración de la negociación bilateral. Pretende priorizar las leyes nacionales y atenuar el peso de los arbitrajes internacionales.
Como las reglas de la OMC obstruyen esas tratativas directas, Trump sabotea el organismo y desconoce su facultad para zanjar controversias. El sentido de su principal lema (America first) es colocar a Estados Unidas en el centro de negociaciones con cada país.
Con esa estrategia busca reforzar la preponderancia de Wall Street. Ya amplió la desregulación financiera y dispuso nuevos privilegios impositivos para los bancos. Trabaja además para el lobby petrolero eliminando restricciones a la contaminación. En medio de grandes huracanes y sequías esgrime un descarado negacionismo climático.
Su ofensiva favorece también a las firmas de alta tecnología. Trump sabe que Estados Unidos no puede recuperar el empleo industrial perdido, pero intenta relocalizar las actividades automatizadas que utilizan mano de obra calificada. Por eso reclama una mayor apertura a sus rivales en los sectores de alta competitividad yanqui.
El potentado apunta especialmente al sector de los servicios. En esa actividad Estados Unidos mantiene un importante superávit que compensa el monumental desequilibrio en el comercio de bienes.
Las ventajas en los servicios obedecen al surgimiento de una economía digital liderada por compañías norteamericanas. La nueva fase de la revolución informática se asienta en la expansión de mecanismos que aceleran la transnacionalización de ese sector. Internet es el epicentro de un sistema de plataformas que generan y recolectan enormes volúmenes de datos.
El 50% de la población mundial ya está conectada y el flujo transfronterizo de información creció 45 veces desde el 2005. El manejo de ese insumo clave (big data) permite diseñar perfiles detallados de los individuos, que las empresas venden para personalizar la publicidad. Las grandes corporaciones digitales se han consolidado utilizando la masa de usuarios reclutados en la fase previa. También aprovechan la tendencia a permanecer en el ámbito donde cada uno se encuentra conectado.
Estados Unidos controla ese dispositivo. Cinco empresas de ese origen (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) absorbieron el enorme capital requerido para afianzar ese dominio. Las compañías estadounidenses manejan los datos que luego empaquetan y venden. Operan a escala internacional sin ninguna presencia física y ya manejan gran parte de la publicidad.
Trump pretende estabilizar ese liderazgo bloqueando cualquier protección al flujo de datos. También se opone a la localización de los servidores fuera del territorio norteamericano y al consiguiente desarrollo de capacidades locales en otros países.
Esa supremacía es indispensable para comandar la próxima fase del desarrollo informático basada en la robótica, la inteligencia artificial, el aprendizaje automático y las nuevas formas de almacenamiento de la energía. Ese futuro se dirime en las negociaciones sobre el comercio electrónico que prioriza Trump.
El potentado disputa en múltiples terrenos y con incontables países, pero jerarquiza la confrontación con China. Quiere frenar a toda costa la expansión de un gigante que compite por la primacía económica global. Trump exige la apertura de la economía oriental en las áreas más favorables a la penetración yanqui (telecomunicaciones, energía, finanzas).
Con los adversarios alemanes discute una agenda semejante, pero con menor agresividad y apostando a la sumisión del estrecho aliado de posguerra. La negociación con los subordinados del imperio (Japón, Canadá) es más amistosa pero igualmente intensa.
DILEMAS DE LA INTERVENCIÓN
El principal instrumento de la estrategia económica de Trump es el poder imperial norteamericano. Afronta dos posibilidades para el uso de esa fuerza.
La primera es restaurar el unilateralismo bélico. Cuando proclama que su país debe alistarse para "ganar guerras" parece retomar ese modelo. Insinúa grandes operaciones, que sintonizan con el clima creado por sus diatribas contra el terrorismo y los inmigrantes.
Reagan y Bush son los antecesores de esa estrategia. En los 80 el actor devenido en presidente recurrió a un gran despliegue de misiles para doblegar a la URSS. Bush propició varias intervenciones para recomponer la hegemonía de la primera potencia. Aún se desconoce si Trump retomará esa senda. No es lo mismo el cacareo cotidiano a través de twittes que los operativos reales de acción militar.
Una escalada de ese tipo convergería con los intereses del Pentágono que ya logró un significativo aumento del presupuesto. Entre 2001 y 2011 el incremento del gasto militar permitió cuadruplicar las ganancias de los fabricantes de cadáveres. El viejo complejo industrial militar ha integrado al pujante sector informático y esa articulación requiere desenlaces bélicos para destruir capital sobrante. Las guerras constituyen, además, el típico recurso de los mandatarios yanquis para tapar escándalos políticos y desviar la atención de la población.
La segunda posibilidad de Trump es reconocer el declive de la capacidad norteamericana para consumar grandes aventuras bélicas. Si predomina esa evaluación, sólo gestionaría incursiones protagonizadas por sus socios o vasallos. Esas guerras por delegación se desarrollarían con asesoramiento del Pentágono pero sin la intervención directa de los marines.
¿Cuál de las dos opciones ha priorizado hasta ahora el millonario? Sin descartar la primera alternativa jerarquiza la segunda, en el escenario clave de Medio Oriente.
Luego de retomar los bombardeos en Siria Trump eludió la presencia de tropas, en un país ocupado por múltiples ejércitos. Llegó a un acuerdo con Putin para congelar el conflicto en un status de baja intensidad, con división de zonas bajo la protección de cada contendiente. Incluso aceptó la continuidad de Assad, diluyendo la programada contraofensiva de los mercenarios que financia el Departamento de Estado.
Estados Unidos bombardea ocasionalmente el demolido país en una guerra que no concluye. La derrota del Ejército Islámico confirmó la tradicional debilidad de un salvajismo rudimentario frente a la barbarie de los más poderosos. Otras variantes de la oposición al gobierno de Assad fueron pulverizadas y Siria se convirtió en una simple pieza de las disputas geopolíticas internacionales. Cada potencia hace su juego con la tragedia ocasionada a millones de individuos.
Turquía está lanzada a desmantelar las regiones kurdas que conquistaron autonomía y Rusia afianza su presencia militar. ¿Recurrirá Trump a un despliegue de tropas equivalente al exhibido por Putin? Hasta ahora no implementó ningún paso en esa dirección. Apuesta a la intervención de sus dos principales socios.
Por un lado dispuso el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, para enviar un contundente mensaje de sostén a cualquier agresión sionista. Netanyahu celebra la sangría de Siria, pero no ha renunciado a la balcanización de su principal rival fronterizo. El plan de segmentar a Siria en tres mini-estados (kurdo, sunita y alauita) explica la continuidad del martirio impuesto a la población.
Trump también avala la nueva conducción belicista de la monarquía saudita. Los jeques multiplican las masacres en Yemen e incursionan en el Líbano para compensar sus fracasos en Siria. Apuntalan una alianza militar con Egipto para desbaratar la estrategia conciliadora que impulsan Qatar y Turquía. Pretenden bloquear los acuerdos energéticos con Rusia y sabotean la estabilización de una zona de comercio fluido con China.
El magnate prioriza la vieja asociación de petróleo y armas que Estados Unidos mantiene con Arabia Saudita. Esa conexión permite sostener al dólar como moneda internacional, frente a los intentos de sustituir ese signo por una canasta de divisas que incluya al yuan. Los sauditas realizan, además, compras multimillonarias de armas e invierten en la infraestructura estadounidense.
En las principales alternativas de Medio Oriente Trump delega la acción militar en sus aliados. Busca recuperar terreno con la agresividad de sus apéndices, sin comprometer directamente al Pentágono.
DISYUNTIVAS SIMILARES EN OTRAS REGIONES
Los mismos dilemas afronta el millonario en otros focos de tensión internacional. Frente a Corea del Norte ha subido el tono de las agresiones verbales manteniendo la prudencia militar. Su amenaza de arrasar el país es coherente con la masacre perpetrada por los yanquis en los años 50. Convalidaron la división del territorio y obstruyeron todas las negociaciones de paz. Trump utiliza un lenguaje virulento con fórmulas primitivas, sin recurrir siquiera al disfraz de la intervención humanitaria.
Su inagotable palabrerío oculta que los misiles probados por Corea son los mismos que ensayaron India y Francia. Diaboliza al país que vulneró un principio básico de la hipocresía nuclear: otorgar el derecho a destruir a ciertas naciones y condenar a otras a ser destruidas.
Trump sabe que las opciones militares son limitadas, en la medida que Pongyang pueda convertir a Seúl o a Tokio en cenizas. Su tenencia de bombas nucleares tiene efectos disuasivos y le impide a Washington repetir las masacres de Irak o Libia.
Para lidiar con el pequeño país Trump militariza la zona, acelera el rearme de Japón y aumenta la presión sobre China. Con esa variedad de acosos busca quebrantar a un régimen aislado. Pero no ha logrado vencer las reticencias del gobierno surcoreano a la instalación de otro arsenal nuclear. El régimen de Kim sigue probando misiles y ya estaría próximo a lograr el status de potencia nuclear. Como ha fracasado la neutralización negociada Trump debe definir sus próximos pasos.
En un tercer terreno de conflictos localizados en Europa, el millonario actúa con menor agresividad que Obama. Ha disminuido la presión sobre Ucrania y evita provocaciones en el manejo de los misiles que rodean a Rusia. Su estrategia apunta a reducir la presencia de tropas estadounidenses en el Viejo Continente, para involucrar a Alemania en un mayor financiamiento de la OTAN. Exige un drástico aumento del gasto militar por parte de la Unión Europea.
El espionaje yanqui suele utilizar también los atentados yihadistas para conseguir las metas de la Casa Blanca. Una parte de esos grupos es manipulada directamente por sus creadores del Departamento de Estado. Por eso los fundamentalistas se trasladan de un lugar a otro sembrando el terror, bajo la sospechosa inacción de los servicios de inteligencia. Su comportamiento bestial sirvió para demoler varios países (Irak, Libia, Siria) y actualmente facilita la militarización de las relaciones internacionales. Este clima contribuye a imponer la subordinación de Europa y el debilitamiento del competidor alemán.
En otro lugar clave de la batalla geopolítica -Afganistán- Trump avala una presencia más directa del Pentágono. Confirmó esa política con la mega-bomba que lanzó para impresionar a toda la región. Con esa pedagogía del terror reforzó la presencia militar en una zona de estratégico entrecruzamiento fronterizo (China, Irán, India, ex repúblicas soviéticas).
Pero repite el mismo alarde de poderío que desplegaron otros presidentes demócratas y republicanos sin revertir su fracaso. No logra resultados con la privatización de tropas financiadas con el saqueo de los recursos naturales.
Todo indica que la prueba de fuego para el guerrero yanqui se desenvolverá en Irán. Trump busca anular el acuerdo de control nuclear suscripto por Obama y no tolera la existencia de un estado independiente de la envergadura persa. Los Ayatollahs no encarnan un proyecto antiimperialista, pero manejan un nivel de riquezas y poderío que rompe la balanza de poder regional. El desbocado presidente no acepta un desafiante de ese porte.
Desde hace tiempo Israel propicia atentados directos contra los laboratorios de investigación atómica. Los sauditas suscriben ese plan para disputar el liderazgo subimperial en la región.
El reingreso de un pelotón de cavernícolas al gabinete del millonario (Bolton, Pompeo, Haspel) sintoniza con estas tendencias guerreras. Pero la confrontación con Irán es una decisión muy seria. Acentuaría el distanciamiento con miembros de la OTAN (como Turquía) y chocaría con la resistencia de Alemania y Francia, que preparan grandes negocios con Teherán.
El uso de las tensiones bélicas para reconstruir el poder económico estadounidense es una jugada riesgosa. Hasta ahora Trump sólo propaga amenazas (Irán), autoriza acciones indirectas (Siria), rodea a sus enemigos (Corea), encubre repliegues (Europa Oriental) y recrea fracasos (Afganistán). La consistencia de su proyecto es una gran incógnita.
FRUSTRACIONES EXTERNAS
Trump no ha logrado en su primer año ninguna concesión económica significativa de China o Alemania. El gigante asiático muestra poca disposición a negociar bajo chantaje. Ha respondido con la bandera de Davos, exhibe fidelidad al libre-comercio y busca atraer a las empresas transnacionales enemistadas con el millonario.
Esa postura coincide con una gran aceleración del salto hacia el capitalismo pleno en China. Hay nuevas privatizaciones de empresas estatales y se prepara un cambio de normas bancarias para derivar la fijación de la tasa de interés al mercado.
El gigante oriental sigue creciendo con nuevos emprendimientos globales, como el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura que ya suma a 84 países. La Ruta de Seda en gestación y un próximo mercado de petróleo a futuro en Shangái, incrementan la presión para convertir al yuan en moneda mundial. También el comercio con África y América Latina supera cualquier volumen precedente.
China no se amolda a las exigencias de Trump. El presidente Xi se afianzó mediante un equilibrio entre la crema del poder ("los príncipes") y las burocracias regionales. Ahora se planta como un duro interlocutor de Washington.
En la gira por China Trump redujo el tono de su agresividad. Pero posteriormente retomó la ofensiva, con el contundente anuncio de aranceles a 1300 productos de origen asiático. Con esa decisión explicitó quién es su principal enemigo económico y con qué intensidad buscará forzar el pago de patentes.
Las acciones contra China contienen un mensaje estratégico. No son simples medidas proteccionistas, que Trump anuncia y revierte en función de lo negociado con cada país. Difieren del variable manejo ensayado con el acero. El adversario oriental intenta evitar el choque frontal, pero nadie sabe cómo termina una escalada comercial descontrolada.
Trump afronta problemas del mismo tipo con su segundo rival de peso. La resistencia de Alemania ha sorprendido al mandatario yanqui. Merkel intenta sumar a Macron a un eje de rechazo a las exigencias estadounidenses. Realizó varias giras por el mundo para ensayar políticas autónomas y sugirió la conveniencia de un alineamiento militar con Francia. Esa reacción ha creado una severa crisis en la relación transatlántica.
La líder germana ha perdido la fortaleza electoral del pasado. La economía no es tan próspera como parecía y la insatisfacción con la precarización laboral genera el descontento que expresan las urnas. Pero como ese malestar es capitalizado por la derecha, la disputa con el magnate estadounidense se acentúa.
Mientras las relaciones entre ambos países se enfrían, el Bundesbank decidió incluir al yuan en sus reservas en desmedro del dólar, para enviar un mensaje de disgusto a la Reserva Federal. En la pulseada con Alemania y China se juega la reducción del déficit comercial que Trump no logra achicar.
SIN SOCIOS A LA VISTA
Trump necesita alguna sociedad con países para implementar su estrategia. Por eso intentó un acuerdo inicial con Rusia. Buscó esa alianza para contrapesar la incontable variedad de flancos que abre a escala internacional. Pero desde hace mucho tiempo Moscú es el principal adversario geopolítico de Washington y el grueso del establishment norteamericano se opone a cualquier pacto.
Esa animadversión desbarató todas las sugerencias de aproximación con Putin. El complejo militar vetó el acercamiento y el partido Demócrata (junto a la prensa hegemónica) esgrimieron una dudosa operación de espionaje (Rusiagate), para obstruir cualquier convergencia con el aliado ambicionado por Trump. Las virulentas presiones anti-rusas de Washington han escalado hasta forzar la expulsión de diplomáticos, como corolario del escándalo por espionaje que estalló en Inglaterra.
Por su parte la dirigencia rusa consumó exitosas jugadas en Siria y Crimea y desconfía del pérfido funcionariado norteamericano. Sabe que Estados Unidos nunca ofrece retribuciones significativas a cambio de la simple subordinación. Con una política exterior agresiva y fuertes apelaciones al ideario imperial, Putin ha consolidado un sostén electoral que lo aleja de la asociación imaginada por Trump.
Inglaterra es el otro candidato a converger con la política diseñada en la Casa Blanca. Trump ofrece a los conservadores británicos un gran respaldo para confrontar con Alemania, en la dura negociación por la salida de la Unión Europea.
El Brexit tiene parentescos con la estrategia de Trump y puede ser visto como una versión reducida del mismo proyecto. Alienta la recuperación de posiciones económicas británicas a través de fuertes restricciones a la inmigración, mayor diversificación del comercio y creciente desregulación financiera.
Inglaterra ha perdido posiciones y pretende retener el máximo acceso al mercado unificado de la Unión Europea. Pero intenta eludir el arancel aduanero común de esa entidad. Busca libertad para concertar acuerdos comerciales con otros países y manejar en forma autónoma su política inmigratoria.
Es lo mismo que plantea Trump a una escala inferior. Mantener al país dentro de la globalización, pero con estrategias comerciales propias y una gestión unilateral de la fuerza de trabajo. Con esa modalidad del England First se intenta mejorar la performance de una vieja potencia en la internacionalización europea.
Pero con la economía estancada y la productividad en retroceso, los británicos tienen poco espacio para desenvolver con éxito esa operación. No cuentan con las espaldas de Estados Unidos para encarar una apuesta tan riesgosa. Por eso la salida rápida de la UE (hard Brexit) quedó frenada, en un contexto de gran división en las clases dominantes. Mientras se desenvuelven las tratativas, los bancos y las automotrices no saben a qué atenerse.
Alemania no acepta la simple revisión de los acuerdos comerciales, ni el olvido de los millonarios compromisos presupuestarios que asumió Inglaterra al incorporarse a la Unión. Tampoco hay nítidas resoluciones para el estatus de los tres millones de europeos que viven en Gran Bretaña y los dos millones de ingleses afincados en Europa.
La restitución de potestades legales de Europa a Gran Bretaña se ha complicado y el mantenimiento de una frontera abierta de Irlanda del Norte con el Sur (que permanece en la Unión) introduce conflictos adicionales. La propia existencia del Reino Unido está en juego, si Escocia decide celebrar un nuevo referéndum para reconsiderar su asociación de tres siglos con Inglaterra.
Trump tampoco logra consolidar una sociedad con la derecha europea continental. El electorado de esa región busca a ciegas caminos para oponerse al neoliberalismo de los partidos tradicionales y ha facilitado la expansión de organizaciones muy reaccionarias. Pero esas formaciones afrontan un techo cuando se avizora su llegada al gobierno y sus proyectos son frecuentemente absorbidos por la derecha convencional. La irrupción de pequeños Trumps en múltiples puntos de Europa, no implica la automática concertación de alianzas con el inventor estadounidense de la fórmula.
LA CRISIS INTERNA
Ningún obstáculo externo se equipara con la oposición que afronta el millonario dentro de su país. Desenvuelve un mandato signado por tormentosos conflictos. No consigue el sostén estable del Congreso para sus principales proyectos y forzó la renuncia de 25 funcionarios de alto rango. Esa rotación equivale al doble de lo registrado durante Reagan y al triple de lo observado con Obama.
Varios jueces le impusieron, además, fuertes vetos a sus decretos de visado anti-musulmán y el intento de expulsar a los inmigrantes llegados en la infancia (dreamers) está cuestionado. No logró tampoco aumentar las deportaciones, que en el 2017 fueron inferiores al año precedente. Despliega grandes anuncios del muro fronterizo con México, pero no obtiene los fondos de los legisladores para construirlo.
La improvisación y los fracasos son datos repetidos de su gestión y los escándalos por corrupción afectan a sus allegados y familiares. En los primeros meses el establishment le impuso una seria depuración. Debió eyectar a su principal hombre de confianza (Bannon), a su estratega militar (Flynn) y tuvo que incorporar a dos generales del Pentágono (Mattis, McMaster) y varios hombres de la elite empresarial (Tillerson, Perry).
Pero posteriormente impuso un giro inverso. Desplazó a los exponentes de Washington (Tillerson, Cahn), reafirmó a sus fieles (Navarro, Ross), introdujo nuevos trogloditas (Bulton) y ascendió a gente de su mismo palo (Pompeo, Haspel).
Con esa restauración de allegados volvió al punto de partida y a la consiguiente intención de forjar una presidencia bonapartista, para disciplinar a los principales grupos de poder. La pulseada con el establishment permanece irresuelta y sólo quedaría zanjada en las elecciones de medio término.
Trump reafirma su xenofobia para conservar el apoyo de los sectores empobrecidos. Logró ese sustento propiciando límites a la movilidad de la fuerza de trabajo, con la intención de actualizar la vieja segmentación de los asalariados estadounidenses. Mediante una descarnada confrontación con la gran prensa pretende mantener la fidelidad de sus bases de la "América Profunda". Pero recurre a manipulaciones aberrantes del electorado, mediante invasiones a la privacidad que ya destaparon las investigaciones de Cambridge Analytica-Facebook.
El magnate usufructúa del rechazo al centralismo de Washington y fomenta un nacionalismo primitivo profundamente arraigado. Busca canalizar esas tradiciones hacia proyectos regresivos de liquidación del Obamacare y mayor debilitamiento de las organizaciones gremiales. Apuntala la ofensiva legislativa para pulverizar los derechos de sindicalización y quebrar las protestas de los docentes y empleados públicos. Actúa en un contexto de gran declive de las huelgas tradicionales.
Pero no logra doblegar otras resistencias democráticas asociadas por ejemplo con el movimiento feminista. Tampoco disuade la lucha de los afroamericanos, que encabezaron el repudio a su complicidad con los asesinatos racistas del sur. Otro flanco de batalla despunta entre los jóvenes que se movilizaron para exigir la prohibición (o regulación) del uso de armas, luego de las terribles masacres de Las Vegas y Florida.
Esos asesinatos volvieron a conmocionar a una sociedad acosada por la irrestricta circulación de 300 millones de pistolas y fusiles de variado calibre. Ese arsenal es comercializado a través de un lucrativo mercado de la muerte. Trump es un representante directo de la Asociación Nacional del Rifle y los asesinatos están a tono con sus discursos. Sintonizan con la brutalidad de un mensaje que enaltece la guerra. Mientras despotrica contra el peligro islámico, el magnate protege descaradamente a los terroristas internos de la ultra-derecha.
En el colmo de ese salvajismo, Trump propuso armar a los maestros para convertir a los colegios públicos en campos de batalla. La indignación masiva del estudiantado y las marchas del nuevo "movimiento por nuestras vidas" pueden sepultar ese delirio.
NUEVO ESCENARIO ECONÓMICO
El contexto productivo de la gestión de Trump es muy distinto al prevaleciente en la era Bush u Obama. El legado de desplome financiero del 2008 ha sido sustituido por una moderada recuperación de la economía.
A diez años de la gran recesión se observa el mismo repunte en todos los países desarrollados. Los efectos el socorro estatal ya no influyen sólo sobre el sector bancario. Impactan sobre el nivel general de actividad. También el comercio global se recupera y la tracción de China impulsa incontables negocios internacionales.
Existen opiniones divididas sobre la consistencia de esta recuperación. Algunos autores estiman que el rebote sólo encubre la explosividad financiera subyacente. Consideran que las entidades privadas no están saneadas y que los Bancos Centrales cargan con inmanejables activos tóxicos. Resaltan la peligrosidad del boom artificial de Wall Street, que multiplicó por cuatro sus cotizaciones desde el 2009.
Pero otros analistas estiman que la recuperación tiene cimientos reales. Subrayan que por esa razón la FED ha puesto fin al rescate monetario ("Quantitative Easing"), adquiere bonos en lugar de emitirlos y está embarcada en una paulatina elevación de la tasa de interés.
La economía estadounidense es el principal escenario de este giro. Trump estimula la renovada avidez por el beneficio, promoviendo los cambios legislativos que reclama el gran capital. Su reforma tributaria ya redujo significativamente el pago de impuestos a las corporaciones.
No sólo en ese terreno repite la política de Reagan. También retoma la estrategia monetaria y cambiaria de su antecesor para absorber capital foráneo. Intenta conciliar las tasas de interés elevadas con un dólar fuerte y al mismo tiempo competitivo. El endeudamiento y las burbujas que generan esas políticas son conocidos. Pero mientras florecen las ganancias toda la burguesía bendice al magnate.
Este nuevo contexto se refleja en los organismos internacionales. Durante los años de mayor crisis la OMC y el G 20 apuntalaban el salvataje coordinado de los bancos. En el respiro actual reaparecen las disputas comerciales expresadas en los desplantes de Trump. Como desapareció el temor a un gran desplome de los bancos resurgen los choques entre competidores.
Estados Unidos ya no aspira a lograr el rescate chino de sus finanzas. Pretende recuperar los negocios perdidos y frenar la expansión de su rival. A una escala inferior estas mismas tensiones se verifican con Europa.
El discurso proteccionista del ocupante de la Casa Blanca se amolda a esta situación. En lugar de propiciar la regresión a los bloques aduaneros de los años 30, aprovecha la coyuntura de crecimiento para apuntalar la competitividad yanqui.
Trump no quiere, ni puede revertir el cambio estructural introducido por la preeminencia de las empresas transnacionales. Ese proceso de internacionalización se afianzó al cabo de tres décadas de grandes inversiones extranjeras y crecimiento del comercio por encima de la producción.
Su estratégica apuesta al capitalismo digital requiere más globalización. Sería totalmente inaplicable en un contexto de generalizado cierre de fronteras. Las pulseadas aduaneras que retoma no son novedosas. Entre 2009 y 2017 se registraron 1643 acciones proteccionistas contra 622 liberalizadoras entre los miembros del G 20. La belicosidad comercial tampoco impidió la reciente suscripción del tratado de libre comercio entre Canadá y la Unión Europea.
Las principales tendencias de la globalización productiva persisten más allá de la coyuntura. Las empresas transnacionales y sus cadenas de valor se expanden al mismo ritmo que el desplazamiento de la industria a Oriente. Ese curso refuerza el deterioro salarial, la precarización laboral, el desempleo y la desigualdad social.
Trump no tiene ninguna receta para evitar las enormes convulsiones -que cada quinquenio o decenio- conmocionan a la economía mundial. Al contrario, acrecienta los excedentes invendibles, la sobreinversión y la especulación financiera, que saldrán a la superficie en el próximo estallido. Como típico exponente del capitalismo actual erosiona los diques que morigeran los desajustes del sistema.
EROSIÓN DEL PODER ESTADOUNIDENSE
Trump es frecuentemente presentado como un demente sin brújula que actúa en forma imprevisible. Esa impresión suele oscurecer el sentido principal de su presidencia, que es recuperar posiciones económicas con la amenaza de la guerra. El magnate no actúa sólo, ni al servicio de una minúscula elite. Representa a los grandes capitalistas norteamericanos. Es importante registrar esa lógica de su acción para evitar interpretaciones superficiales de su mandato.
Estados Unidos fue un nítido ganador del primer período de la mundialización neoliberal y cumplió un papel económico clave en el despegue de ese proceso. Aportó el enlace estatal requerido para gestar la acumulación a escala mundial. Las instituciones de Washington internacionalizaron los instrumentos financieros y apuntalaron la globalización productiva.
La regulación bancaria de la FED, la operatoria del dólar como moneda mundial, la reorganización de los presupuestos estatales bajo la auditoría del FMI y las reglas bursátiles de Wall Street afianzaron la mundialización. Esa gravitación volvió a notarse en el desenlace de la convulsión del 2008.
Pero esta nueva etapa del capitalismo no revirtió la pérdida de supremacía norteamericana. Estados Unidos conserva los principales bancos y empresas transnacionales y encabeza, además, la introducción de nuevas tecnologías. Pero ha resignado posiciones claves en la producción y el comercio. Su impulso de la mundialización neoliberal terminó favoreciendo a China, que se convirtió en un inesperado competidor global. Trump intenta modificar ese resultado atemorizando a sus contrincantes.
Pero su capacidad real para ejercer esa presión es una incógnita. Aunque Estados Unidos prevalece en el terreno militar (y carece de reemplazantes para la custodia del orden capitalista) su hegemonía ha perdido la contundencia del pasado. Por eso sus líderes fallan en todos los operativos para retomar supremacía.
El balance de las últimas décadas es concluyente. El cambio de régimen en Irak reforzó a Irán y no redujo la autonomía de Turquía. La incursión en Ucrania para debilitar a Rusia tuvo el efecto opuesto. El despegue de China y el acceso de Corea del Norte a las armas nucleares no fueron contenidos.
El Pentágono esparció además el caos en Libia, Sudán, Somalia y Afganistán, sin apuntalar la dominación estadounidense. Los ganadores de la pulseada en Siria son Rusia e Irán. Cada una de esas intervenciones consumió millones de dólares y decenas de bajas.
Como esas destructivas acciones desmoralizaron también a los pueblos, el imperialismo norteamericano no ha sufrido derrotas comparables a Vietnam. Pero ha fracasado en el logro de sus objetivos.
La acumulación de fallidos ha modificado las relaciones de Estados Unidos con sus socios. La tradicional subordinación ha mutado hacia entrelazamientos más complejos. Las potencias europeas y asiáticas ya no aceptan con la vieja sumisión a Washington. Desenvuelven estrategias propias y explicitan sus conflictos con el gigante norteamericano. Ningún aliado cuestiona la supremacía del Pentágono, ni pretende gestar un poder bélico contrapuesto. Pero se diluyó el vasallaje de la segunda mitad del siglo XX.
Habrá que ver si en el futuro el liderazgo yanqui desaparece, resurge o se disuelve paulatinamente. Hasta ahora ninguna acción e Trump ha contenido el declive.
30-3-2018
RESUMEN
Con provocaciones y amenazas Trump intenta recuperar la primacía económica de Estados Unidos. Exige negociaciones bilaterales para reforzar el dominio de la digitalización y la supremacía en los servicios. Pero no logra forjar las alianzas internacionales requeridas para su proyecto. Acentúa el belicismo de sus apéndices sin recurrir hasta ahora a la intervención directa.
En un escenario de recuperación económica la ansiada reducción del déficit comercial sigue pendiente. El caos del gabinete, las tensiones con el establishment y la resistencia democrática erosionan su gestión. El liderazgo inicial de la mundialización neoliberal no ha contenido el deterioro del poder norteamericano.
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PALABRAS CLAVES
Neoliberalismo, belicismo, capitalismo.
1Este artículo actualiza y complementa los conceptos expuestos en: Katz, Claudio. Belicismo, globalismo y autoritarismo, Nuestra América XXI, CLACSO, noviembre 2017.
2Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es:www.lahaine.org/katz